En 1866 el Papa Pío IX confió el Icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro a los Redentoristas con la misión de "darla a conocer por todo el mundo". En los cinco continentes se puede encontrar un lugar de culto a la Virgen del Perpetuo Socorro: capillas, catedrales, santuarios, misiones populares, oración con los jóvenes. Donde está un redentorista misionando está presente el icono del Perpetuo Socorro.
El mensaje del ícono
1. ¿Qué es un ícono?
El lenguaje del arte más que definir, sugiere. Se dirige a los ojos pero habla al corazón. Y habla a través de las formas, los colores, los matices, las líneas, los espacios. En el campo religioso el simbolismo ha tenido siempre una importancia fundamental en cuanto describe y exalta una realidad no terrena sino sobrenatural; no describe una realidad material incluso idealizada, sino lo Trascendente. Esto era manifiesto ya para la comunidad apostólica desde el momento en que Cristo transfigurado les había abierto los ojos saliendo a su encuentro (Lc 24,30-31). Sabemos que la palabra ícono deriva del griego eikon y significa imagen. En la tradición bíblica es Cristo la imagen del Padre, encarnado para revelarnos su verdadero rostro (Col 1,15). Pero la Iglesia mantuvo siempre viva la conciencia de ser también ella, así como cada uno de los creyentes, imagen de Dios invisible en la medida en que nos uniformamos a Cristo viviente. En Oriente, el ícono no reproduce o representa simplemente un sujeto religioso, sino que incluye una verdadera y auténtica teología visiva que interpela a la facultad contemplativa del espíritu.
El ícono es una ventana abierta sobre el misterio, no un simple elemento decorativo sino un verdadero y auténtico sacramento (sacramental, para ser precisos) que nos introduce en las realidades celestiales. Precisamente por este motivo los íconos son parte integrante de la liturgia bizantina; invitan a la mirada que se posa sobre ellos a ir más allá, a trascenderse continuamente, para acoger lo invisible que en ellos se oculta. Por consiguiente el ícono no debe ser admirado sino meditado, rezado. No por nada los cánones fijos según los cuales eran “escritos” los íconos, el estilo común, la costumbre de no firmar la imagen, tienen como única finalidad lograr que la mirada se concentre solo y exclusivamente en el misterio representado. Normalmente los autores eran monjes y la imagen era pintada en un clima de meditación, penitencia y plegaria, en posición arrodillada. Se sumergían en el misterio que querían representar, lo meditaban durante varios días, lo estudiaban, lo rezaban, para después representarlo sobre la madera a través de las formas, los colores, las imágenes simbólicas. Eran conscientes que la persona que iba a ubicarse frente al ícono no lo haría para deleitarse visivamente, sino para rezar, meditar; por ese motivo no le daban importancia a las formas corporales o a los aspectos psicológicos, sino que mostraban la forma interior, la estructura espiritual, “visualizada” en la contemplación.
2. Exégesis cromática de los elementos
El ícono de la Virgen del Perpetuo Socorro pertenece a la escuela cretense. Los últimos estudios citados anteriormente, permiten ubicarla en un arco de tiempo muy amplio. Es una pintura sobre madera que mide 51,8 cm de altura por 41,8 de ancho. Más que una imagen, el ícono representa una escena con 4 personajes, descritos como de costumbre por los acrósticos que la rodean[17]. En la parte alta, a la derecha de la imagen, está el Arcángel Gabriel (identificado por los símbolos OAT) que, como ha llevado el anuncio de la divina maternidad a María, ahora lleva el anuncio de la pasión, mediante la cruz, los clavos y el vestido rojo, color del amor pero también de la pasión. A la izquierda encontramos al Arcángel Miguel (OAM) que lleva los signos de la humanidad redimida por la pasión de Cristo (la lanza y la esponja con el vaso de vinagre), representados por el color verde (por la humanidad) y rojo[18].
La Virgen María, que domina la escena, está enmarcada por los símbolos MP-ΘY, es decir Madre de Dios. En los matices cromáticos hallamos una admirable síntesis de toda la teología mariana y una anticipación de los dogmas sobre la Virgen. Para cubrir los cabellos y eliminar así toda señal de placer y vanidad femenina, María es revestida de un velo azul, símbolo de pureza virginal, y lleva puesta una túnica roja que simboliza la caridad materna: María es Virgen y Madre. Ella está completamente recubierta de un manto que en su revestimiento interno muestra el color verde. Es evidente la alusión a lo que ella dice de sí misma en el Magnificat: “Mi alma glorifica al Señor … porque miró la humildad de su servidora”. María, con su sí, se tornó un dócil instrumento en las manos del Altísimo, se dejó modelar por la gracia, envolver completamente por el Espíritu que la transformó en la humilde esclava de Nazaret, la Madre de Dios y Madre nuestra, la Reina de los Ángeles y de los Santos.
También en la figura del Niñito Jesús hallamos una síntesis cristológica. Tiene, a la derecha de su cabeza, los caracteres IC – XC (Jesucristo) y es el único que aparece de cuerpo entero. La túnica verde que lo cubre totalmente representa la Encarnación, pero está revestido de un manto dorado signo de la divinidad, para indicar la doble naturaleza: Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Y lleva el cinto rojo del amor, así como nos ha enseñado admirablemente en la última cena cuando, para sintetizar su vida y su muerte en la vigilia de su pasión, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1)[19].
3. El mensaje:
Virgen de la pasión, Virgen del Perpetuo Socorro, madre de la redención La riqueza de símbolos que contiene esta imagen la hizo acreedora de una larga serie de títulos como Virgen de la Pasión, Virgen dorada, Odigitria, Virgen del Perpetuo Socorro, madre de la redención. Por los personajes representados, el ícono es catalogado como Virgen de la Pasión, pero es más correcto afirmar que aquí encontramos representado todo el misterio de la redención. Mientras contemplamos la imagen somos conducidos a la casa de María, a la Gruta, en el Templo, por los caminos de Galilea; y después a Jerusalén, al Cenáculo, sobre el Gólgota, a la tumba vacía, por los senderos del mundo, hasta la gloria de los cielos[20].
A partir de la posición del Niño Jesús percibimos el mensaje de esperanza que encierra. Hay, de hecho, un particular discutido: la exposición de la planta del pie. Tengamos en cuenta que, así como hoy hablamos de las improntas digitales, así en la mentalidad antigua se demostraba la unicidad y el carácter irrepetible del individuo a partir de la horma del pie. Este particular, por consiguiente, simboliza la humanidad de Cristo. Se solía además estipular los pactos de alianza desatando las correas de las sandalias (cf. Rut 4,7; Salmo 60,10; Lc 3,16) para mostrar la planta del pie. Cristo, por lo tanto, es representado aquí como verdadero Dios y verdadero Hombre, encarnado para nuestra redención, restableciendo el Pacto de Alianza “destruido por la desobediencia del pecado” (Prefacio VII del Tiempo Ordinario). La Virgen María sostiene al niño parece protegerlo y, al mismo tiempo, ofrecerlo a nosotros al indicárnoslo. El pequeño Jesús, volviendo la mirada hacia lo alto donde se divisan además los signos de la pasión, se reclina sobre el pecho de la Madre aferrándose a su mano, y en este movimiento brusco pierde su sandalia. Ya hemos notado que, en realidad, en los íconos los rasgos psicológicos son relativizados, pero lo comprendemos mejor a partir de la mirada de Jesús. Y es precisamente siguiendo la línea de los ojos que proponemos nuestra interpretación.
Por más que la Virgen María domine la escena, el punto focal de la imagen son las manos entrelazadas de Jesús y María. Siguiendo las miradas de ambos y trazando dos líneas imaginarias podemos reflexionar sobre la participación de ambos en la redención. Jesús no parece mirar los signos de la pasión, signos que por otra parte son llevados solemnemente, como en una procesión, casi en triunfo, como trofeos. El Niño mira hacia afuera de la imagen y su mirada es ensimismada, absorta. El auténtico punto de referencia es el Padre que está sentado en lo alto. María, por consiguiente, con su mano derecha nos indica el camino (Odigitria) para llegar al Padre siguiendo a su hijo Jesús que ella misma nos ofrece indicándonos el modo en el que socorre perpetuamente a la humanidad.
Idealmente este brazo puede simbolizar, de hecho, a la humanidad anhelante que en María, primera entre los creyentes y modelo de cada discipulado, alcanza a Cristo, el cual nos bendice y, al mismo tiempo, nos toma para llevarnos hacia las alturas, regalándonos una certeza: aun cuando tengamos que atravesar el valle oscuro del sufrimiento, nunca estaremos solos: «también allí me guía tu mano y me aferra tu derecha» (Salmo 139,10). Todo esto bajo la mirada materna de María. Ella que ha engendrado el Hijo y nos lo ofrece continuamente, me está mirando justamente a mí. Ella que estuvo al pie de la cruz y conoce bien el dolor; ella a quien ha sido confiada la humanidad frágil – que, tentada en continuidad, tiene la Alianza como sostenida por un hilo – viene siempre en nuestra ayuda como una madre amorosa. Su mirada es serena, su brazo potente, su socorro perpetuo y seguro, porque – como testifica el fondo dorado – si a ella volvemos, ella nos conduce a Cristo que nos libra de todo mal con su cruz gloriosa; y si nos dejamos plasmar como ella por el Espíritu, seremos capaces de franquear todo sufrimiento para gozar un destino de gloria en los brazos del Padre. Todo el ícono nos habla de la ternura, de la misericordia. Más que de pasión, nos habla de la esperanza que se transforma en certeza en el misterio de la redención.



